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20/07/2026 Institucional
Desde los primeros años de nuestra formación nos enseñaron que equivocarnos era una señal de que no sabíamos. Una respuesta incorrecta, un concepto no memorizado o una interpretación errónea era igual a desaprobar una evaluación. Así, sin advertirlo, terminamos asociando el error con el fracaso, con la derrota, y no con el aprendizaje.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar y analizar si el error también puede ser una herramienta para enseñar. Nadie aprende a caminar sin caerse.Nadie aprende a pedalear una bicicleta sin perder el equilibrio. El error no aparece al final del aprendizaje; forma parte del mismo. Cada caída, cada intento fallido y cada corrección permiten comprender mejor aquello que buscamos aprender.
¿Por qué habría de ser diferente en las aulas universitarias? Y, especialmente:¿por qué habría de ser diferente en las aulas donde se enseña Derecho?
Quizás sea el momento de reivindicar una idea fuerza que, aunque parezca provocadora, resulta esencial para una educación de calidad y un aprendizaje significativo, en las aulas jurídicas debería existir un legítimo derecho a equivocarnos. No como una justificación de la improvisación o la falta de estudio sino como la posibilidad de ensayar respuestas, construir argumentos, someterlos a discusión, advertir sus debilidades y volver a intentarlo.
Porque el verdadero enemigo del aprendizaje no es el error. Es el miedo a equivocarse.
¿Cuántos estudiantes dejan de participar en clase por temor a decir algo incorrecto? ¿Cuántas preguntas quedan sin formular por miedo a la mirada de los demás? ¿Realmente existen las preguntas “tontas”? Tal vez el problema nunca haya sido el error en sí sino la vergüenza que muchas veces lo acompaña.
La pedagoga Edith Litwin advertía que para aprender necesitamos la tranquilidad de saber que en cada respuesta no está en juego nuestra inteligencia. Pensar de manera original, explorar nuevos caminos o animarse a formular una hipótesis o construir un argumento, supone aceptar la posibilidad del error.
Quizás una de las tareas más importantes del docente sea precisamente ésa: construir un aula donde equivocarse no genere vergüenza, sino deseo de seguir aprendiendo.
Paradójicamente, el propio Derecho reconoce que equivocarnos forma parte de la actividad humana. Si creyéramos que jueces y tribunales son infalibles, no existirían los recursos de reposición, aclaratorias, apelación, casación ni otras instancias extraordinarias o las supranacionales. Todo nuestro sistema procesal está construido sobre la posibilidad de revisar decisiones, corregir interpretaciones y mejorar las respuestas jurídicas. Con base en dichos errores, se sancionan mejores leyes, se contemplan nuevas situaciones,y el sistema jurídico se robustece.
Ante dicha afirmación, surge entonces una pregunta inevitable: ¿por qué, entonces, seguimos formando estudiantes como si equivocarse fuera imperdonable o castigable?
Quizás porque durante mucho tiempo confundimos enseñar con evaluar y aprender con acertar. La preocupación por la respuesta correcta terminó desplazando el valor del proceso, de la duda y de la construcción del conocimiento.La sociedad vive de los resultados, pero se olvida de lo más importante que es transitar el camino para llegar a esos resultados.
En la formación jurídica esta cuestión adquiere una relevancia especial. El Derecho no se reduce a memorizar normas ni a repetir artículos del Código. Cada caso concreto exige interpretar, ponderar principios, distinguir antecedentes y construir argumentos razonables.
Ese proceso difícilmente pueda desarrollarse en un aula donde el estudiante teme equivocarse. Quien solo busca no cometer errores probablemente aprenda a repetir respuestas; quien se anima a revisar sus propios razonamientos comienza, en cambio, a pensar como jurista.
Paulo Freire, en su obra El maestro sin recetas, propone una verdadera "pedagogía del error". Allí sostiene que el error no debe ser entendido como el reflejo de una incapacidad o una incompetencia, sino como un obstáculo epistemológico, es decir, como una oportunidad para conocer mejor la realidad y un desafío para seguir aprendiendo.
Desde ese punto de vista, equivocarse deja de ser un motivo de sanción para convertirse en un momento necesario del aprendizaje. Como afirma el maestro Freire, el educando debe comprender, a partir del ejemplo y la práctica de sus docentes, que errar no constituye una deficiencia grave, sino una etapa posible -y muchas veces imprescindible- en el camino de la curiosidad y del conocimiento.
El filósofo Donald Schön sostenía que los buenos profesionales no se forman únicamente acumulando conocimientos, sino desarrollando la capacidad de reflexionar sobre su propia práctica. Esa reflexión suele surgir cuando una decisión no produce el resultado esperado o cuando una interpretación debe ser revisada. En ese sentido, el aprendizaje profundo no nace de la ausencia de errores, sino de la capacidad de analizarlos críticamente y transformarlos en experiencia. En la enseñanza del Derecho, esta mirada resulta especialmente valiosa, porque prepara profesionales capaces de revisar sus propias convicciones antes de que lo haga un tribunal.
Quizás uno de los grandes desafíos de la educación jurídica contemporánea sea construir aulas donde el error deje de ser un motivo de silencio y se convierta en una oportunidad para pensar mejor. Las aulas jurídicas deberían ser espacios para debatir, argumentar, disentir con fundamentos y revisar las propias ideas. Sólo así podremos formar abogados que no conciban el Derecho como un conjunto de respuestas cerradas sino como una disciplina que exige estudio permanente, humildad intelectual y la capacidad de aprender incluso de sus propias equivocaciones a lo largo de toda la vida profesional.
Como enseña la profesora Laura Lewin: “Caerse no define la historia. Lo que hacemos después, si”.
Nota publicada en la edición impresa de Comercio y Justicia el 17 de julio de 2026.